Patricia Simón Bestiarios.org
Hoy deberíamos estar todos de luto. Hoy deberían cerrarse los comercios, apagar las televisiones y las radios, no cantar, no reir, no comer y, por supuesto, prohibido soñar. Hoy deberíamos no poder parar de llorar. Hoy, y casi cada día, nos debería dar vergüenza estar rodeados por un mar que está sirviendo de fosa común a Europa. Algún día, tendremos que pedir perdón ante los ojos de la historia y las generaciones venideras por haber sido artífices de un genocidio, el genocidio del continente africano al que, en su huida, nosotros no ponemos más que muros. Y qué bueno que tenemos un océano de por medio que nos hace el trabajo sucio sin tener que mancharnos las manos de sangre.
Pero no nos engañemos. La sal con la que se impregna nuestro cuerpo cuando nos bañamos en el mar, es ahora también las lágrimas de esos niños que se ahogaron ayer a veinte metros de la orilla europea, es el llanto de una mujer aferrada a su vientre materno mientras se hunde, es el llanto silencioso del hombre que muere recordando a su mujer y a sus niños. ¡Maldita sea!
Sólo el racismo, sólo la ruindad de creerlos menos humanos puede explicar esta enajenación que permite que el mundo no se pare, que las plañideras públicas no rasguen el silencio sepulcral que debería acompañar a este día de luto, que no pudiera escribir porque el frío que se ha instalado en mi cuerpo me lo impidiese. Ahora sé para qué sirven los dioses. Para cogerlos por las solapas, zarandearlos, gritarles que malditos sean, que malnacidos son por permitir eso. Y así, diciéndoselo a ellos, saber que se lo estamos diciendo a toda la humanidad, yo incluida.
Los que estuvieron allí, los que recogieron los cuerpecitos de los niños veían a sus hijos y pensaron que ya no podían más, que ya no podían tragar más mierda, que su corazón no resistiría un muerto más. Pero ya son cientos y también saben que esto ya lo pensaron otras veces, que pensaron que nunca más volverían a conciliar el sueño, que nunca vomitarían más porque se les acabó la fuerza incluso para esto. Pero volverán a estar allí porque sienten que esa es su forma de guardar luto diariamente. Pero también están recogiendo las pruebas del delito. Y otros nichos, sellados con una capa de cemento y con ese "inmigrante" escrito a mano, terminarán cercándonos, acorralándonos, preguntándonos cómo llegamos a convertirnos en cómplices de un genocidio.
Cuando los judíos huían del Holocausto muchos países les acorralaron cerrando sus fronteras. Y ahora, cuando lo vemos en las películas, nos echamos las manos a la cabeza. Cuando los judíos cercan ahora a los palestinos, nos echamos las manos a la cabeza. Cuando los europeos se cercan a sí mismos, entendemos que se están protegiendo. Pero la ratonera empieza a pudrirse de tantos cadáveres que se amontonan a sus puertas, y pronto nuestros hijos nos preguntarán cómo podíamos vivir en un país en el que pasaban estas cosas, como los niños alemanes les pregunta a sus abuelos cómo pudieron servir a Hitler o los españoles a Franco. Y entonces tendremos que callar y bajar la cabeza.
El pasado domingo volcó una patera a veinte metros de la costa de Lanzarote. Murieron veintuna personas. Dieciséis de ellas tenían entre 4 y 17 años. Venían familias enteras. Hoy ni siquiera está en la portada de la edición digital de los principales periódicos españoles.



1 comentarios:
Parabenizo à Patrícia pelo excelente texto, inclusive o citei em artigo sobre Xenofobia e Racismo na Europa publicado recentemente em minha página: http://grazaza.blogspot.com/
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